Los primeros indicios de presencia humana que se constatan en el territorio sobre el que se extiende
actualmente la anteiglesia se remontan a la época megalítica. Son los dólmenes de Iturzuriaga y
Ama Birjiñen Baso y el túmulo de Ipinarrieta, en las laderas del Oiz, y corresponden a poblaciones
nómadas del segundo milenio antes de nuestra era que se mueven en torno a un radio bastante amplio
que excede los límites de Berriz. Estos grupos cohesionados por complejos vínculos tribales irán
colonizando pequeños asentamientos dispersos al asimilar las técnicas agrícolas. La imagen más elocuente
de esta organización del paisaje es la lista de ermitas que salpican el término municipal. A finales del
siglo XVIII se citan quince: Andra Mari de Andikona, San Miguel de Okango, San Antonio
de Olakueta, San Lorenzo de Mendibil, San Juan Bautista de Murgoitio, San Pedro de Isunza, La Ascensión de Urdaiaga,
San Cristóbal de Gorliz, San Juan Bautista de Zengotita, San Martín de Gerediaga, San Pedro de Berriz, San Jorge de Amezua,
San Martín de Lasuen y San Fausto de Eitua.
Caserío Basagutxi-Beaskoa
Ninguna de ellas presenta elementos constructivos anteriores al año 1500 pero hay que tener en cuenta que este tipo de edificios
solían instalarse sobre lugares de culto precristiano al que se superponían. De hecho en las de Murgoitio y Berriz se documentan
estelas con representaciones de símbolos astrales y la que apareció en Andikona con las mismas características data del siglo XI.
Con el tiempo estos núcleos dispersos tienden a hacerse más compactos. En el siglo XII se levanta la iglesia parroquial y las demarcaciones
menores de los contornos quedarán supeditadas a la autoridad de este centro neurálgico de modo que en el siglo XV ya solo hay seis cofradías
o barrios formando parte de la anteiglesia: Sarria, Andikoa, Mendibil, Okango, Eitua y Murgoitio. La unificación institucional se realiza bajo
la supervisión del clan más poderoso de la zona, el de los Berriz. Mediado el siglo XI se documenta ya un hipotético Aznar Sánchez de Berriz al
servicio de los condes de Durango que gobiernan la merindad a la sombra del poder de la monarquía navarra. Al igual que los valles guipuzcoanos y
la Llanada Alavesa será integrada en las postrimerías del siglo XII a la corona castellana y el linaje de los Berriz entra en esta nueva órbita
a través de los Haro, señores de Bizkaia. Como es natural la anteiglesia participa del arrollador empuje económico y demográfico que arranca del
año 1000 y no cede hasta el siglo XIII. Pero llegado el XIV las rentas campesinas se retraen drásticamente y los linajes feudales ven minadas sus
bases económicas. No tarda en extenderse la rapiña y la lucha entre bandos nobiliarios. En Bizkaia los Mujika representan la cabeza del bando oñacino
y los Abendaño al sur, la del gamboino. La mayoría de los linajes de la merindad de Durango, (Berriz, Unda, Etxaburu, Urkiaga, Muntxaraz, Marzana...)
están con los Abendaño. Sólo los Zaldibar, encarnizados rivales de los Berriz, se encuadran en el bando de los Mujika. Paulatinamente todos estos clanes
van consiguiendo que la monarquía les transfiera el cobro de los diezmos eclesiásticos de las iglesias locales, hasta entonces de realengo, y esta prerrogativa
se revelará como una de sus fuentes de ingresos más saneadas. En 1353 Rodrigo de Berriz figura entre los principales exponentes del bando gamboino. Treinta años
después, su hijo Juan Ruiz de Berriz adquiere el usufructo de la percepción de los diezmos de la anteiglesia. El siguiente eslabón de la cadena genealógica, Rodrigo
Ibáñez de Berriz, ratifica su patronato sobre el templo en 1416. Y sus hijos Ochoa y Pedro Ruiz de Berriz continúan figurando en 1442 entre los principales aliados
de los Abendaño. En el siglo XV la monarquía trata de imponerse frente a estos parientes mayores que actúan como jefes clánicos que luchan entre sí por viejas querellas
tribales. En ocasiones opta por canalizar sus energías bélicas contra el enemigo externo, el musulmán, y emprende aparatosas campañas contra el reino granadino en las que
puedan desfogarse. Ahí encaja Ochoa López de Berriz, miembro de alguna rama colateral del linaje, que se distingue en la toma de Antequera en 1410. Y en este sentido resulta
común toparse a finales del siglo XV con descendientes del linaje de Berriz ostentando cargos municipales en Córdoba, Jaén, Écija, Alhama de Granada... Son mercedes concedidas
por los Trastámara en pago a sus servicios militares. Pero la principal estrategia esgrimida por la monarquía es, sin embargo, su alianza con el pueblo llano frente al señorío
feudal. El campesinado, harto de apropiaciones indebidas de terrenos comunales y de exigencias fiscales abusivas, contribuyó gustosamente al derribo de las torres banderizas.
Los parientes mayores tuvieron que replantearse sus estructuras de control social y reorientar sus bases económicas hacia el comercio urbano y el desempeño de cargos públicos
en el seno del estado moderno. Y el campesinado, especialmente el segmento acomodado, salió fortalecido de la crisis bajomedieval puesto que el fuero le garantizaba la hidalguía
universal, es decir igualdad jurídica frente a los jefes clánicos y un status nobiliario que abriría muchas puertas a la legión de segundones que decidían hacer carrera en la iglesia,
en la administración, en el ejército o en el Nuevo Mundo.
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| Casa-Torre Lariz |
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Las tres torres banderizas que se documentan en la anteiglesia, la de Berriz, la de Lariz y la de Arria, se reconvierten en palacios renacentistas en el siglo XVI. Así han llegado hasta
la actualidad las dos últimas. La de Berriz fue reedificada en clave ecléctica a comienzos del siglo XX. También es digno de reseñar el palacio de Berrizbeitia, en Olakueta, erigido en
1572 por uno de los descendientes del antiguo linaje feudal. Pero de forma paralela emergen ya caseríos que denotan su pertenencia al sector más pudiente del campesinado, que va tomando el
relevo al frente de la anteiglesia: Isunza, Onandia, Zalduene, Ormaetxea... El siglo XVI supone una época de bonanza económica. La prueba evidente está en que el vecindario acomete la renovación
del viejo templo románico y se levanta otro renacentista. Lo mismo sucede a menor escala con varias ermitas. Durante los siglos XVI, XVII y XVIII Berriz constituye una anteiglesia próspera y estable
cuyos mil habitantes viven repartidos en doscientas casas y compaginan las labores agropecuarias con la molinería y la ferrería. A mediados del siglo XVIII, el punto de máximo desarrollo, se registran
veinte molinos. Uno de cada cuatro de los existentes de la merindad de Durango estaban enclavado en Berriz y los vecinos de las anteiglesias colindantes traían aquí su molienda. Algo similar, aunque en
menores proporciones, ocurría con las ferrerías. Se documentan siete. Las de Berriz y Arria reflejan el antiguo poderío de los parientes mayores. Las de Olazarre y Olabarria representan la pujanza de la
Modernidad. El resto son viejos molinos convertidos en ferrerías ante la creciente demanda de manufacturas metálicas (aperos de labranza para nuevas roturaciones, armamento para las campañas imperiales,
complementos navales para las expediciones atlánticas...). Desde el punto de vista institucional los linajes banderizos continúan presentes en la anteiglesia, pero van desligándose de ella para conectar
con el mundo urbano. Los Berriz, que por sucesivos cruces matrimoniales adoptan el apellido Gamboa en el siglo XVI y Villarreal en el XVII, conservan el derecho a percibir los diezmos parroquiales, pero
a partir de 1650 fijan sus residencia en Lekeitio. El mismo camino toman los Lariz. Solo los Arria permanecen en su solar, pero la vieja hegemonía señorial se ve eclipsada por las nuevas familias de notables
rurales que, enriquecidas al calor de la molinería y la ferrería, monopolizan los cargos públicos de la anteiglesia.
A finales del siglo XVIII sobreviene la quiebra del régimen foral. La élite adinerada opta por colocar sus ganancias en circuitos comerciales exteriores de índole capitalista y el marco autárquico de la anteiglesia salta en pedazos. En 1704 la mayoría de los vecinos, el 72%, eran propietarios de sus casas. En 1799 ya sólo lo son el 52%. El deterioro de las condiciones sociales se constata también en la roturación de tierras cada vez más alejadas y de peor calidad en tanto que las mejores se hallan en manos del segmento más pudiente. La progresión de rendimientos agrarios decrecientes y la competencia de la forja industrial inglesa, más recia y económica, sumió a la anteiglesia en un clima de pauperismo y descontento social. La guerra contra la Convención, la de la Independencia y las Carlistas contribuirán a dar salida al bandidaje que ya infestaba los contornos. Pero a su vez vaciarán las arcas del ayuntamiento rápidamente y ante la falta de recursos para afrontar la coyuntura bélica las cofradías se verán obligadas a vender en pública subasta los terrenos comunales, la última esperanza de subsistencia para la esquilmada masa campesina. Naturalmente, los caseros acomodados, los únicos que disponían de efectivo en semejantes circunstancias, serán los grandes beneficiaros del proceso desamortizador. Y el panorama resultante en la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX es el de un ámbito agropecuario deprimido en el que el campesinado encuentra grandes dificultades para pagar la renta al propietario absentista y subsiste en pésimas condiciones. La salida más airosa para los jóvenes es la emigración.
En las primeras décadas del siglo XX se inicia un tímido brote industrializador. Los viejos molinos no pueden competir con las fábricas harineras, así que varios de ellos se transforman en pequeñas centrales eléctricas que comienzan a dar cobertura a talleres metalúrgicos cuya concepción tiene ya poco que ver con la ferrería tradicional. Las condiciones de vida mejoran sensiblemente, pero a la altura de 1957, el 92% de los dos mil habitantes de Berriz se dedicaba a actividades enmarcadas en el sector primario. Veinte años después el cuadro era totalmente diferente. La población se había duplicado, debido en buena medida al aporte demográfico foráneo, el centro del municipio se había desplazado definitivamente a Olakueta, un barrio animado por la carretera y el ferrocarril, el 67% de la población dependía del sector industrial y solo el 8% continuaba vinculada al mundo agropecuario. Finalmente en las dos últimas décadas del siglo Berriz ha asistido a una nueva metamorfosis en la medida en que la actividad industrial ha ido cediendo ante el empuje del sector de servicios y comunicaciones.
Felipe García Orodea
ESCUDO. La casa solar de los Berriz en la Anteiglesia de su nombre traen por arma escudo cortado: 1º, en campo de plata, una cruz hueca de gules y flordelisada, y 2º, jaquelado de azur con gules con los cuatro jaqueles centrales del jefe, punta y flancos cargados de una flor de lis de oro. Estas mismas armas adoptó el Ayuntamiento de la Anteiglesia por motivos históricos que después reseñaremos. Corresponden a estas armas yelmo de señor y lambrequines del mismo color que el campo, y añade Estanislao Jaime de Labayru en su “Historia de Bizkaia” que por timbre y colocado sobre la gola, una cabeza de lebrel de su color manchada y con collar de oro.
HIJOS ILUSTRES. Berriz ha sido cuna de hombres ilustres que se distinguieron en tiempos pasados, unos por sus altos cargos en la iglesia, otros en el campo del arte y de las ciencias e incluso en el de las armas. Entre ellos el mencionado Otxoa López de Berriz, Juan Bautista de Zuaza y Gomendio (1633-1679), Catedrático de Cánones en la Universidad de Salamanca, Juan Bautista Iturriozaga y Asategui, asistente del rey Felipe V, Pedro Bernardo de Villarreal de Berriz y Sáez de Andicona. Monseñor Juan Vicente de Cengotitabengoa y Ariño, ocupó la sede obispal de San Juan de Puerto Rico y D. Martín de Uribe y Abedibar de Mallagaray. D. Juan Ramón de Iturriza y Gárate-Zabala, nacido en 1741, escribió varios diccionarios, el Manual del Cristiano, y una colección de 12 volúmenes que tituló “Antigüedades de Bizkaia”, de las que se sirvió para escribir posteriormente el “Historia de Bizkaia”. Bernardo Gabiola y Lazpita, nació en la casa denominada Karteruena, del barrio San Lorenzo de Berriz, en 1880. Criado en un intenso ambiente musical, Bernardo llegó a obtener la cátedra de Órgano del Real Conservatorio de Música de Madrid. Fue un gran concertista y maestro. En 1941 fue nombrado hijo predilecto de Berriz y más tarde se le dió su nombre a una calle. Por último citaremos a la Madre Margarita de Maturana, que pese a nacer en Bilbao en 1884, vino a Berriz siendo niña, donde realiza sus actividades. Dio a conocer el nombre del pueblo e inculcó el espíritu misionero de Berriz por todo el mundo, fue fundadora de las Madres Mercedarias Misioneras de berriz y murió en 1934.