Historia

 
A finales del siglo XVIII sobreviene la quiebra del régimen foral. La élite adinerada opta por colocar sus ganancias en circuitos comerciales exteriores de índole capitalista y el marco autárquico de la anteiglesia salta en pedazos. En 1704 la mayoría de los vecinos, el 72%, eran propietarios de sus casas. En 1799 ya sólo lo son el 52%. El deterioro de las condiciones sociales se constata también en la roturación de tierras cada vez más alejadas y de peor calidad en tanto que las mejores se hallan en manos del segmento más pudiente. La progresión de rendimientos agrarios decrecientes y la competencia de la forja industrial inglesa, más recia y económica, sumió a la anteiglesia en un clima de pauperismo y descontento social. La guerra contra la Convención, la de la Independencia y las Carlistas contribuirán a dar salida al bandidaje que ya infestaba los contornos. Pero a su vez vaciarán las arcas del ayuntamiento rápidamente y ante la falta de recursos para afrontar la coyuntura bélica las cofradías se verán obligadas a vender en pública subasta los terrenos comunales, la última esperanza de subsistencia para la esquilmada masa campesina. Naturalmente, los caseros acomodados, los únicos que disponían de efectivo en semejantes circunstancias, serán los grandes beneficiaros del proceso desamortizador. Y el panorama resultante en la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX es el de un ámbito agropecuario deprimido en el que el campesinado encuentra grandes dificultades para pagar la renta al propietario absentista y subsiste en pésimas condiciones. La salida más airosa para los jóvenes es la emigración.